El falso altruismo

Cuando se habla sobre el otro desde una posición de privilegio, es muy común caer en discursos frívolos y complacientes, que no encapsulen aquello sobre lo que se quiere hablar. Esto es justamente lo que sucede en “45 días en Jarbar”, la obra del artista plástico y director César Aréchiga.  

La película toma lugar en la prisión Puente Grande, ubicada en el estado mexicano de Jalisco, en la cual Aréchiga instala un estudio de arte para enseñar pintura y escultura a 15 reclusos y, en el proceso, entablar un diálogo con ellos para llegar a conocer el pasado de estas personas y así humanizar a una población marginalizada como son los privados de libertad.  

En el filme surgen discusiones interesantes, que de haber sido más elaboradas hubiesen sido valiosas, como la cárcel siendo una institución que produce criminales en vez de reformarlos, la falta de arrepentimiento de los reclusos por sus crímenes y la indiferencia hacia el pasado. 

“45 días en Jarbar”, sin embargo, desde su primera escena deja claro cuál es su objetivo: conmover a toda costa. Es una obra desesperada por aparentar haber nacido de una expresión de altruismo, pero que termina caricaturizando a sus personajes y banalizando temas serios como el asesinato y el narcotráfico.

Es tal la condescendencia de Aréchiga en su obra, que hasta el módulo de la cárcel donde se encuentran los protagonistas es presentada como un lugar ameno y acogedor, en el cual alguien se puede sentar a pintar, aprender y reírse con anécdotas sobre los crímenes que ha cometido.

Esto último no es una exageración. Hay un momento específico de la película, en la cual el realizador entrevista a uno de los reos, y pareciera buscar la sonrisa del público a partir de una historia sumamente dolorosa. El afán de humanismo de Aréchiga colapsa por completo en instancias como esta.

 “45 días en Jarbar” victimiza a los presos. Cuando el director hace a un lado su intento de hacer reír, quiere que el espectador llore y sienta lástima de los sujetos de su documental. No hay balance a la hora de contar sus historias El resultado es una manipulación para crear un impacto emocional gratuito, sin ningún interés de profundizar en los temas abordados.   

En el ámbito formal, el filme es totalmente convencional. El acercamiento a la historia es televisivo, con un trabajo de cámara nada interesante. Además, la utilización de la música con intención de subrayar el sentimentalismo, entumece secuencias que ya de por sí eran pobres.  

Cuando ya la película parece haber concluido, Aréchiga sorprende con una escena final, protagonizada por él mismo, en la cual aparece meditando y comenzando un nuevo proceso creativo. Un momento tan innecesario como artificioso, que disipa cualquier duda sobre quién es el verdadero protagonista de la película.

La historia nunca trató sobre los privados de libertad, sino sobre el salvador que va donde ellos para rescatarlos con su bondadosa labor artística. No es más que un ejercicio de egocentrismo y de autoterapia. Complaciente de principio a fin.

 

Armando Quesada Webb