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Un cuerpo propio

Con su ópera prima, Los tiburones (2019), la realizadora uruguaya Lucía Garibaldi alimenta el corte introducido por la mirada femenina en el mapa cinematográfico contemporáneo en Latinoamérica. Su película se suma a una serie de obras que apuestan por visibilizar el imaginario de las mujeres y socializar sus valores, romper con cualquier esencialismo respecto a sus identidades y cuestionar los conflictos experimentados por su representación; tanto desde lo específico formal —al burlar las pautas sistematizadas por la testosterona—, como desde lo estrictamente discursivo —al observar una experiencia racional y emocional privativa de las hembras.

Desde una narrativa minimalista que rehúye de los grandes accidentes dramáticos y apuesta por una baja narratividad, enfocada en registrar el nervio de las emociones y la sensibilidad en los personajes antes que las acciones físicas, Los tiburones observa el devenir de una adolescente que, además de atravesar por un período etario complejo, se encuentra descolocada en el lugar donde vive. Con 14 años, Rosina reside en un pobre pueblo de pescadores donde el estado financiero y el aislamiento condicionan particulares modos de comportamiento. Ella está lejos de ser una chica típica de su edad, pues ni física ni mentalmente participa del modelo de feminidad que los otros esperan.

En medio de la noticia de que la costa ha sido invadida por tiburones —hecho que crea un estado de tensión entre los pobladores, puesto que puede frustrar el lugar como destino turístico—, el argumento, con un gradual y certero desarrollo del conflicto, relata los esfuerzos de esta joven por conquistar la atención de Joselo, un compañero de trabajo que despierta en ella un deseo de posesión. Así vamos descubriendo la personalidad de una mujer que no teme exponer su diferencia. La carta de triunfo de Los tiburones está justo en el diseño de su protagonista. Es notable cómo la escritura dramática legitima su identidad, recortada sobre unas circunstancias nada favorables. Rosina toma posesión de su cuerpo al tiempo que desafía con su rebeldía y recio carácter los atributos y determinaciones dictados por el patrón falocéntrico. A lo anterior se suma el convincente desempeño de Romina Betancour, quien interpreta su rol con plenitud de matices, desde una contención gestual y una expresividad en la mirada muy orgánicos, que dotan a su personaje de una contundente profundidad emocional.

Filmada desde un naturalismo visual que, en algunos momentos, subraya por medio de imágenes escatológicas que persiguen un distanciamiento capaz de acentuar la lateralidad de los sujetos y del sitio donde se emplazan los hechos, Los tiburones opera con la intención de contravenir esa superficie cultural que impone sentidos sobre las féminas. Desde una sintaxis despojada de toda retórica y una puesta en escena y un montaje desprovistos de artificios y prefabricaciones estéticas, este filme explora con agudeza ese cruce entre cuerpo y subjetividad en una adolescente que comienza a descubrir su sexualidad.

Cuando la película arranca tenemos a Rosina huyendo de cámara y a su padre persiguiéndola. Luego, acaba con un primer plano frontal de Rosina mientras avanza, convencida y orgullo de sí. Esa imagen resume su posición y la del filme todo, dispuesto a burlar las imposiciones y barreras de una sociedad patriarcal.

Ángel Pérez

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