La búsqueda sexual desde el cuerpo y la sal

El debut como directora de Lucía Garibaldi emparenta a una criatura de más de 100 kilogramos con una menuda adolescente. La cineasta uruguaya engancha el comportamiento de un tiburón al autodescubrimiento de la sexualidad de Rosina.

En todo momento, la película Los tiburones se presenta con franqueza: a través de una cámara que no tiene miedo a enfocar la corporalidad de los personajes, las axilas de Rosina, o la entrepierna de Joselo, su compañero de trabajo que le despierta un deseo sexual; o por medio de situaciones comunes con las que desarrolla a sus personajes y la trama: la cotidianidad de una joven que debido a su personalidad y a la etapa que atraviesa se mantiene distante pero observadora de su propio entrono.

Rosina no platicaría de sexo con sus amigas, ni nombraría a su mascota, Beyonce, como lo hace su hermana, al contrario, crea petardos para arrojarlos al mar y ahuyentar a los peces, o secuestra a la mascota de Joselo sólo para atraerlo.


A la par de las técnicas de atracción de Rosina hacia un jovencito nada extraordinario, pero que en su momento muestra interés por ella, la playa de la pequeña ciudad se ve asechada por tiburones o por los rumores de la presencia de éstos; he ahí la relación entre el pez y la joven. Como el depredador gigantesco, Rosina actúa frente a Joselo de manera agresiva. Ella se distingue de su hermana, y la feminidad estereotipada que representa, por su parquedad y dureza. Se diferencia de los demás habitantes porque ella sí piensa que hay tiburones. Ella, a comparación de los otros, está dispuesta a llevar sus emociones a actos violentos. Rosina aparece por primera vez alejándose de un problema que provocó: la herida en el ojo de su hermana. A partir de aquí los sucesos que al exterior parecerían nada, desde dentro, conjugan un sinfín de pensamientos y emociones de las que son partícipes aquellos que tras la seriedad de Rosina atisban esa necesidad de ser vista y deseada. La naturalidad con la que la directora expone la transición a la adultez hace recordar películas como Fish tank de Andrea Arnold o Alanis de Anahí Bernerí que se introducen en las vidas de mujeres fuertes e independientes, rodeadas de conflictos que no son observados bajo ningún prejuicio sino con el interés de presentar realidades complejas.
Entre todos los elementos cinematográficos se establece una cinta de emoci

ones contenidas, ni ella se acerca a un clímax sexual, ni nosotros a uno narrativo. Ambos quedamos a la espera de la cúspide, la música es cortada con brusquedad, la cámara no nos permite acercarnos más allá de las miradas, ni logramos ver las consecuencias de los actos de Rosina, no obstante, esto no resta ningún mérito ya que se establece como parte de su propio discurso estético.


Con Los tiburones presenciamos sin reservas las dudas, las resoluciones, o las inquietudes de quien en esos primeros años aún no decide si quiere perseguir o dejarse alcanzar.


Denise Roldán