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La eternidad de un retorno negado

La esperanza de un regreso puede ser eterna. La perpetuidad intenta encontrar su ocaso en el anhelo de una meta que no llega, y que se prefiere disfrazar de una armonía que después se extiende en un vaivén de desilusión y hastío. Los dos ancianos aimaras de Wiñaypacha (2017) ven con deseo la llegada de un hijo ausente que prefirió abandonar las montañas peruanas para buscar, quizá, su propia eternidad en otro sitio.

Con imágenes fijas y contemplativas que recuerdan el distanciamiento costumbrista de Yasujirō Ozu y el aura melancólica de Lisandro Alonso, la opera prima de Óscar Catacona sigue la rutina de estos dos ancianos que viven en una atmósfera permeada por el viento de la meseta andina. El abandono al que son sometidos está impregnado de un aire que los salve de las inclemencias divinas que intentan castigarles, depositadas en entes terrenales como la falta de comida o la ausencia de fósforos para combatir el frío. Justo este material tangible dicta la eternidad de los personajes: la supervivencia frente a la soledad y la identidad negada por el centro, dispuesto a carcomer desde la pornomiseria que, como decía Carlos Mayolo, encuentra su justificación en el halago festivalero de la marginalidad latinoamericana.

Si bien recurre a un andamiaje visual tradicional, la película de Catacona no reduce su crítica hacia dicho tejido pornográfico; por el contrario, diseña su relato desde la distancia, y deja que los ancianos sean el testimonio de esa eternidad negada por una atmósfera en el que se pierde toda esperanza de un retorno certero.

Edgar Aldape Morales
Marzo 2018

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