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El subdesarrollo de las memorias

Por Rafael Guilhem
Inspirada en la novela homónima de Edmundo Desnoes, Memorias del subdesarrollo -icónica película dirigida por Tomás Gutiérrez Alea en 1968-, aborda el momento en que un joven burgués de nombre Sergio, vive con reservas la experiencia del triunfo revolucionario en Cuba. Mientras su esposa, sus familiares y sus mejores amigos abandonan el país, él se queda expectante ante una situación que desajusta su código de valores, realizando análisis y juicios de las transformaciones que suceden a su alrededor.

 

Antes que un cine político, en Memorias del subdesarrollo existe una pregunta por lo político del cine. Lo panfletario es sustituido por una poética particular que da cuenta de un momento crucial en la historia cubana. En este sentido, la película opera como una ciudad sobre la que se pueden hacer distintos recorridos y mirar varias perspectivas; desde una ventana, en la calle, en movimiento o detenido; sobre un auto o caminando, pero una ciudad en la que te pierdes y que jamás puedes recorrer en su totalidad. Lo profundo a cambio de lo holístico. Para esto, las imágenes que van desde fotografías, periódicos, momentos documentales, ficticios e híbridos, desorganizan la realidad; la tambalean para que pierda la compostura, siendo ambigua e inaprensible a los ojos de Sergio, quien funciona por un lado como un molesto criticón de tintes misóginos, y por el otro, como un certero opinólgo de incómodas conjeturas.


Sergio es ajeno a la revolución, la mira como si hubiera llegado a un país nuevo a pesar de haber vivido siempre allí. Desorientado por la frustración, ve pasar lo incomprendido frente a sus ojos sin poder consignarlo. Esta incertidumbre le impedirá escribir su texto, y apenas podrá esbozar comentarios para sí mismo; como la inacabada memoria de una tempestad. Memorias del subdesarrollo es sin dudas, el esfuerzo por demostrar que una revolución no es tal si no es pensada en todo momento.

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