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El lingüista inocente

Que Sueño en otro idioma, tercer largometraje de ficción del realizador mexicano Ernesto Contreras, haya ganado el Premio del Público en la última edición del Festival de Cine de Sundance despierta expectativa. Entiendo los motivos por los que puede abrir el gusto: es un filme que apela al rescate y apreciación de las lenguas indígenas, que describe con soltura los cambios culturales por los que pasan estas comunidades, y que invita al espectador a adentrarse en una cosmogonía que estima al amor como centro de vida. Sin embargo, estamos ante un filme irregular, que encuentra momentos de sumo lirismo para desembocar en cargas melodramáticas. Además, en su aparente generosidad se esconden problemas en relación al acercamiento de lo diferente y termina mostrándose demasiado ingenuo frente a la otredad.

La historia parte de un joven lingüista llamado Martín que se acerca a una comunidad en el sur de Veracruz para aprender y rescatar la ficticia lengua del zikril. Martín descubre que los últimos dos hablantes son viejos amigos que no han conversado desde hace 50 años, desdén que sienten uno al otro por la intervención de una mujer. Es un conflicto que permite plantear la incomunicación desde diversos frentes: desde la urgencia que supone la extinción de una lengua debido a una rencilla personal, a la incapacidad de los no-hablantes por comprender las razones de su rencor, a la represión de los ancianos de sus sentimientos y de su afecto. Resalto el comentario de una secuencia en el que, de forma paralela, se observa cómo la enseñanza del inglés mediante las radios comunitarias tienen las mismas implicaciones evangelizadoras que la enseñanza del español por los sacerdotes católicos.

El filme se cobija de una dimensión mística en el mito que inventa sobre el origen del zikril, en la historia de un hombre y una mujer pájaro que se enamoran e inventan el lenguaje para comunicarse entre ellos. De ahí que la expresiva sonoridad con que se enuncia permite al espectador inferir sobre lo que se está diciendo, pero también incita a una reflexiva calma, a una ilusión de entendimiento. Al igual que el cortometraje El milagro, que dirigió en el 2000, Contreras demuestra su capacidad para generar atmósferas de incertidumbre, para construir misterio. El problema es que termina auspiciando un argumento que se torna estéril conforme a los giros dramáticos que anuncia.

 

Hammurabi Hernández
@donhammurabi

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