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Jim Sheridan, desde el conflicto particular

Sus primeras cuatro películas son retratos irlandeses; son historias pequeñas que, paradójicamente, adquieren grandes dimensiones

Por extrañas circunstancias, la Historia (con mayúscula) tiene diferentes formas de percepción de una nación a otra y entre comunidad y comunidad. Suele suceder que, en una sociedad marcada por las derrotas y las agresiones, los procesos históricos se interpreten como parte de la resistencia y la reconstrucción de la memoria se convierta en orgullo nacional. Para las sociedades cuyo pasado tiene grandiosas batallas y, por lo tanto, muchas sangrientas victorias, la revisión histórica tiende a depurar ciertos aspectos; uno de sus peculiares síntomas es una muy selectiva amnesia.
La historia de Irlanda tiene esas dos características: para unos, la resistencia forma parte del legado familiar y colectivo; para los vencedores siempre es mejor olvidar y, en su caso, apelar a un discurso que tiene el sabor de la ley y el orden.
Muchos cineastas irlandeses inician su carrera narrando algún episodio olvidado, algún momento crítico. Todos toman una experiencia singular a manera de lectura general. No hay coincidencias ni azar, para una sociedad dividida la circunstancia personal es la clave del proceso social.
La obra de Jim Sheridan puede dividirse en dos partes. Sus primeras cuatro películas son retratos irlandeses; son historias pequeñas que, paradójicamente, adquieren grandes dimensiones: en Mi pie izquierdo (1989) es la vida de un enjundioso discapacitado que decide romper con la moral de su entorno; en The Field (1990) es el choque entre la tradición campesina y las ansias modernizadoras de los inversionistas urbanos; en En el nombre del padre (1993) una cadena de errores judiciales provoca que un hijo y su padre puedan entenderse; en Boxer, golpe a la vida (1997) es la militancia armada en el Ejercito Republicano Irlandés lo que define la cotidianidad de un boxeador. En estas películas, la descripción del confinamiento es la constante. Uno está atrapado en su cuerpo, en el entorno familiar, en el barrio y, por supuesto, en la cárcel. A su manera, representan una forma de leer a la patria.
A partir de Tierra de sueños (2002), Sheridan inicia lo que se puede considerar como su etapa norteamericana. Aquí su obra adquiere otras dimensiones y, si bien sus temas persisten en relatos sólidos e inteligentes, también incursiona en el terreno del cine de estudio.
No puede dejar de mencionarse que su estilo descansa en un espléndido trabajo actoral. Sus personajes han sido creados por actores de la talla de Daniel Day-Lewis (un Óscar en dos nominaciones por mejor actuación).
Jim Sheridan es un maestro del relato, un notable director de actores y un gran cronista fílmico.